Mini cuento (no tiene que ver con la historia)

 Mi Sol

Había una vez una niña, bueno, no era una niña, ni era una adulta, tampoco la clasificaban como a una joven. Estaba en esa etapa en la que nadie sabe que es (si niño o adulto) y que denominan: Adolescencia. En su mundo cada uno tenía su propio Sol. Y a medida que crecía su sol se iba haciendo cada vez más grande, brillante y cálido, cosa que al final se convirtió en un problema por qué cada vez era más cansado y cada vez sufría más. Pero cuando intentaba pedir ayuda siempre le decían lo mismo. La primera vez que se lo dijeron era más pequeña, cuando tenía apenas ocho años. 

Ella iba paseando por la calle con su familia, sus padres se estaban peleando y su Sol estaba empezando a crecer a trompicones y de tanto calor se estaba asfixiando así que se alejó un poco y se encontró con una amiga suya que tenía una sombrilla que la cubría entera.

— Hola —le dijo—. ¿Puedo meterme debajo de tu sombrilla?

— Lo siento pero no —le contestó—. Mi Sol es demasiado brillante, yo la necesito más que tu. Tienes que aprender a soportar tu pequeño Sol, eres afortunada, seguramente no sea tan horrible como mi Sol.

Entonces ella asintió y se alejó, pensó lo desafortunada que debía ser su amiga al tener un Sol peor que el suyo y decidió seguir su consejo. Después volvió con sus padres y se quedó a su lado, que seguían discutiendo y ni siquiera se habían dado cuenta de que no estaba.

La segunda vez fue un tiempo después, cuando tenía doce años. Su Sol había crecido mucho, ya casi era el doble de grande, pero ella había seguido el consejo de su amiga, ahora mejor amiga, que sufría mucho por qué sus padres no podían darle todo lo que quería, y seguía aguantando. Asta que un día cuando volvió a casa encontró a su madre casi desmayada en el suelo. Se acercó corriendo.

— ¿Qué te pasa mamá? —le preguntó—

Su madre la miró y le dijo:

— Es tu culpa, tu padre me odia por tu culpa, él nunca quiso tener una hija. ¡Y yo tampoco! Ahora mi Sol ha crecido por tu culpa.

A la pequeña niña se le estrujó el corazón. Era su culpa, todo era su culpa. Así que llamó a la ambulancia y mientras se llevaban a su madre salió corriendo a la calle. Corrió asta que se encontró con un señor. No lo conocía de nada pero vio que tenía una carpa para protegerse del sol donde cabían más de diez personas y estaba solo. Se acercó y le pregunto:

— Señor, ¿Puedo meterme debajo de la carpa por favor? 

— ¿Acaso tú Sol te derrite la piel? —me pregunto el echándose crema solar.

— No...

— Vuelve cuando lo haga.

Así que me fui con mi Sol a otro sitio, después de eso decidí no volver a depender de nadie, así que me fui de casa, y mi Sol creció y creció hasta ser mucho más grande de lo que podría soportar. No necesitaba a nadie. Y un día, uno en el que mi Sol se volvió aún más caluroso empecé a sudar, estaba a punto de desmayarme cuando una niña se me acercó, llevaba un paraguas pequeñito que ha penas la cubría. Me lo acerco con su manita y dijo:

— Cogelo, tu lo necesitas más que yo.

— Pero... ¿Por qué? —pregunte mirándola extrañada.

— Por que tú Sol es las grande, necesitas ayuda, toma.

Y me lo dio, pero ya no lo necesitaba, por qué mi Sol empezó a hacerse más pequeño, asta que volvió a ser como era antes, antes de los problemas, antes de los rechazos, antes del sufrimiento.

Lo único que necesitaba era ayuda y cariño.
 





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